Gracias Maestro

César Torres Martín

Querido Manolo, ya se que sobran las palabras, que no hace falta decirte nada, ya se que no quieres ningún tipo de correspondencia ni cumplido, pero como soy muy cabezón y como buen discípulo, debo llevarte una vez más la contraria y dedicarte algunos de mis más sentidos pensamientos.
Aún a riesgo de parecer ñoño y relamido, debo decirte que seguramente expresaré menos de lo que mereces, pero no te quepa ninguna duda que todo se alumbra desde el corazón. Por eso, quiero cantarte con mis afectivas palabras para seguir saludándote cada mañana y poder abrazar esos pequeños detalles que nutren el respeto, quiero brindar con la copa de la gratitud y el licor del cariño por la amistad y la confianza que has ido germinando en mi.
Mira que he intentado veces considerarte como un compañero, pero no lo he conseguido, me cuesta mucho, puede que me lo impida la morrocotuda admiración que te tengo… o puede que sea por las regañinas que me echas.
¿Te acuerdas cuando entrenaba en Compañía de María y pasabas a recoger a Rocío y Enrique? Que buenas charlas teníamos. La verdad es que no pretendo que esto parezca un vano anecdotario, pero es que fluyen las vivencias tan rápido en mi cabeza que debo volcarlas para dar paso a las siguientes.
Se cumplen veinte años desde que nos conocimos, muchos da igual, lo realmente importante es que han sido muy provechosos e intensos. Y no podía ser en otro sitio más que en un aula donde nos presentáramos, el ecosistema (nunca mejor dicho) que te da la vida y que me has enseñado a amar. Es cierto que no nos haremos ricos, y por supuesto yo menos que tu, pero que satisfacción da esta profesión ¿verdad?, a veces te hace la puñeta, pero en el fondo hemos elegido bien.
Todavía me acuerdo de cuando me hablabas de tus inicios en Poloria… como me voy a olvidar si me lo has contado miles de veces… aunque debo confesar que siempre me ha gustado oírlo. Y tu cambio de vida cuando decidiste hacer Pedagogía, y los encuentros con García Hoz para el doctorado, y Santa María Auxiliadora con tus queridos Salesianos, y los primeros pinitos de formación docente en La Normal, y tu experiencia en el ICE, y el cambio de la Facultad, ¡y qué me dices de la cátedra y la promesa de dejar el tabaco!, y las estrategias en las elecciones, y tus fecundas Jornadas, y tu apadrinamiento a Mayor Zaragoza como Doctor Honoris Causa… ¡tantas cosas Manolo!
Esos momentos de angustia que desgraciadamente te ha tocado vivir, nos ha tocado vivir, quisiera transformarlos pronto por una carcajada, y decirte que la vida no es tan ingrata y desértica cuando hay tantas personas que te quieren desde su modesta patria.
Ahora desde el huerto del retiro, sentado en tu hamaca de abuelo, frente a un inmaculado lienzo y con el delantal de la experiencia, pellizcando en una mano el pincel del empeño y sujetando en la otra la paleta de la sapiencia, estoy convencido de que seguirás emborronando tu vida y la de otros muchos con los colores más vivos, en la que me permito incluirme.
Que sepas que todos los años te homenajeo en mis clases, ¿cómo?, pues simplemente recordando alguna de tus canciones con mi alumnado: “¿Dónde estás corazón? AQUÍ, ¿no oigo tu palpitar? TIC-TAC, TIC-TAC…”, o recordando la gloria de tu pluma.
Aunque me cueste, no voy a revisar lo que he escrito, no quiero adulterarlo desde la razón.
Termino como he comenzado, dándote humildemente las GRACIAS (y mucho).

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