Se armó el Belén

 

 

Raúl Alcover

 

Abrir la caja que había permanecido durante doce meses de rara hibernación en lo alto de un armario y que, sorprendentemente, en todo ese tiempo nunca había conseguido tentar nuestra curiosidad; liberar los paquetitos del embozo de espumillón y apartar las bolas de colores para el árbol; desempolvar y abrir los líos de papel de periódico y rescatar del voluntario olvido al ángel, a la pastora y a la familia de ocas… El gozo que nos procuraba toda aquella paciencia recompensada es irretornable. Sólo podemos aspirar a experimentar algo parecido gracias a la mediación de nuestros hijos. De pequeño buscaba el musgo en los umbrales de los montes que daban a la Alhambra y la Silla del Moro. Me encantaba luego trazar los caminos con un poco de harina, señalar el río con un papelito de plata y colocar piedrecitas a modo de montículos y obstáculos por los que se las tendrían que ver los asnos de los pastores y sus ovejas. Por no decir los camellos de los Reyes Magos. Todo mi barrio, El Realejo, olía a mantecados de limón y leña de retama. Sólo por ese olor sabía que había llegado la Navidad. Con el tiempo dejé por interesarme en toda aquélla parafernalia de Belén a lo grande y al final quedó sustituido por un simple pesebre. Algo así como una muestra de lo que fue.
Pero antes no había Belén sin la anunciación a los pastores, la adoración, la llegada de los Magos (y no, por cierto, del usurpador Papá Noel). Algunos de los mejores recuerdos de nuestra infancia tienen que ver con la colocación del Belén en casa, que una vez al año nos ofrecía la posibilidad de ser creadores de un mundo diminuto pero acorde con nuestros deseos. Ahora los Belenes se hacen con “barbies” o “Clicks” y aún teniendo su gracia no son lo mismo. Y sobre todo porque se ha perdido un matiz de la ilusión infantil que nos desbordaba.
Nada tenía que ver aquello con los improvisados guiones de nuestros juegos de indios y vaqueros, con muñequitos de plástico de color azul o rojo que siempre se caían porque sus bases tenían una incómoda rebaba en el centro. Las figuritas del Belén se mantenían en pie porque eran de cerámica o plástico bien acabado, mostraban todos los colores de una película de romanos y no lanzaban flechas ni sostenían el lazo de los vaqueros, un tanto ridículo en su inmóvil despliegue, sino que, más pacíficas, lavaban ropa en el río, portaban corderos en los hombros o admiraban el paso de los astrólogos orientales a lomos de unos camellos lujosamente adornados. El guión del Belén estaba prefijado y nuestra labor se basaba en la fidelidad: aunque el río pasase por otro lado o el castillo de Herodes cayese en otra esquina, la escena debía ser completa y fiel a la historia sagrada. Un Belén no se improvisa.
Hoy, con otra edad, nos decantamos por los que todos los años de un tiempo lejano a esta parte se encargan personalmente de “ARMAR EL BELÉN”. El verbo ya lo dice todo. Guerrilleros y soldados de fortuna, gente hambrienta arrastrándose, niños, mujeres, ancianos, hombres muriendo con la mayor violencia y el mayor dolor, gerifaltes, especuladores sin escrúpulos riendo sin pudor si la Bolsa sube, si la Bolsa baja, gentes moviendo el mundo a su antojo, por encima de los Políticos y Jefes de Estado que dan o ponen la cara.
Este es el Belén que nos resulta cercano cada año. Ése y el número infinito de Asociaciones que piden por paliar esta situación con un donativo. Falsas apreciaciones que nos tocan la fibra sensible y nos descubren la falsa verdad de que “tó el mundo es bueno”.
En fin: de pastores, los indignados y desahuciados de sus casas. De labradores, hojalateros, curtidores, vendedores de animales… los parados ( todos con cara de mosqueo ). Los Reyes, los banqueros de turno. De camellos, El Chirlo, El Limpio y El Bocas, que saben de sobra cómo se maneja la mandanga. Los Palacios y casas rodeados de un buen arsenal de metralletas y cañones. El río que sea de petróleo. Los guijarros, oro y diamantes. En el pesebre, por fin, dos San Josés o dos Vírgenes Marías con niño Jesús, adoptado y chino. La música de fondo, discursos políticos al azar, de políticos en curso. Y mientras, que suene una zambomba. ¡Ah!… “¿Que no sabe usted tocar la zambomba?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s