El silencio de los buenos

Raúl Alcover

La diferencia entre países pobres y ricos no es la edad del país: India o Egipto tienen miles de años y son pobres. Canadá, Australia o Nueva Zelanda, apenas tienen ciento cincuenta años de vida y son desarrollados y ricos. La diferencia entre países pobres y ricos tampoco reside en los recursos naturales disponibles: Japón tiene un territorio montañoso en su 80%, inadecuado para agricultura y ganado, pero es la segunda economía mundial. Japón es como una inmensa fábrica fluctuante importando materia prima de todo el mundo y exportando productos manufacturados. Otro ejemplo es Suiza: no cosecha cacao pero tiene el mejor chocolate del mundo. Cría animales y cultiva el suelo, apenas cuatro meses al año, no obstante fabrica los mejores lácteos. Es un país pequeño que da la imagen de seguridad, orden y trabajo y así se transformó en la Caja Fuerte del Mundo. Ejecutivos de países ricos, al relacionarse con sus pares de países pobres, muestran que no hay diferencia intelectual significativa. La raza o el color de la piel tampoco son importantes. Entonces, ¿cuál es la diferencia? Está en el nivel de conciencia y consciencia del pueblo. Hacer que la conciencia evolucione debe ser el mayor objetivo a cumplir por un Estado en todos sus niveles de poder. La educación y la cultura deben plasmar conciencias colectivas, estructuradas en los valores eternos de la sociedad: moralidad, espiritualidad y ética. Tómense en la medida que cada uno crea conveniente. Pero no olvidemos que un país crece a la par que su educación y su cultura. Aquí, son parámetros que vamos dejando atrás. En síntesis, hay que transformar la conciencia. El proceso debe comenzar por uno mismo y el entorno que le rodea. Plasmar ideales que se conviertan en ideas, activar una acción individual para convertirla en colectiva. La lucha, el reto, comienza en nosotros mismos y quienes nos rodean.
Volviendo a los países ricos: en ellos prevalece el espíritu sobre la materia aunque parezca lo contrario. Adoptan unos principios de vida tales como: ética, integridad, responsabilidad, respeto a las leyes y reglamentos, respeto por el derecho de los demás ciudadanos, amor al trabajo ( si lo tienen ), esfuerzo por invertir, superarse, ser puntuales…Nuestro compromiso, entonces, debe ser con la sociedad, la causa, y no con la clase política, que es su efecto. Sólo así cambiaremos este país. Lo dijo Martin Luther King: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.

¿Está usted entre ellos?

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